La privatización del transporte no es una solución
Respecto a las últimas noticias sobre la privatización de los transportes públicos va a resultar bastante fácil argumentar que ni van a ser rentables ni van a solucionar los supuestos problemas por los que se produce esta acción.
Para ello, basta consultar la obra “Algo va mal” de Tony Judt. En ella, el autor británico expone cómo las experiencias anteriores de privatización sobre este sector sólo pueden considerarse como nefastas. Son dos los casos que entre muchos pueden resaltarse:
- Nueva Zelanda. El gobierno privatizó los servicios de ferrocarril y transbordadores en 1990, despojando los compradores a estos sectores de todos los activos vendibles. En 2008, el gobierno no tuvo más remedio que volver a poner bajo control estatal un transporte mediocre y que seguía produciendo pérdidas.
- Inglaterra. En 1994, el último año de funcionamiento de la empresa estatal de ferrocarriles costó a los contribuyentes 950 millones de libras. En 2008, la Red de Ferrocariles, su sucesora semiprivada, costó a los contribuyentes 5 billones de libras. Aparte de este dato, el número de averías, retrasos en el servicio y las opiniones negativas de los usuarios habían crecido exponencialmente.
El problema a la hora de privatizar servicios esenciales para la población como el de transportes es que, tal y como señala Judt, “nunca podría permitirse que estos servicios nacionales quiebren”, por lo que los nuevos propietarios privados pueden “hacer un uso indebido de los fondos, sabedores de que el gobierno acudirá a su rescate”.
Respecto a la subcontratación, Judt dice que ésta “nos lleva al tercer argumento, quizá el más revelador contra la privatización. Muchos de los servicios y los bienes de los que los Estados tratan de desprenderse han sido mal gestionados: por incompetencia, inversiones insuficientes, etcétera. No obstante, por mala que sea la gestión, los servicios postales, las redes ferroviarias, las residencias para jubilados, las cárceles y otras provisiones objeto de privatización no pueden dejarse por completo a los caprichos del mercado. En la gran mayoría de los casos son el tipo de actividad que alguien debe regular: por eso acabaron en mano públicas en su momento” [1]
Es bien sabido que la disminución de servicios públicos tiene consecuencias negativas sobre una sociedad: no conduce a un mayor crecimiento económico a largo plazo, pero además aumenta significativamente la brecha entre ricos y pobres [2].
En consecuencia, la privatización de los sistemas de transporte en España no traerá más riqueza para el país. Al contrario, agravará la brecha entre ricos y pobres, aparte de encarecer dichos servicios. Pero como consecuencia lógica de este hecho, los beneficios repercutirán en los accionistas de dichas compañías, mientras que las pérdidas serán cargadas al Estado por ser servicios de los que no se puede prescindir.
Sin embargo, quizá el mayor daño se presenta bajo algo que no se puede medir y que es la pérdida de la identidad de servicio público como tal, ya que cuando éste es ofrecido por una entidad privada, la noción de que todo el mundo tiene derecho a utilizarlo se erosiona y repercute negativamente en las estrategias de solidaridad y apoyo mutuo de una sociedad.
[1] Judt, Toni: Algo va mal. Ed. Taurus.
[2] Masimo, Florio: The great divestiture: Evaluating the Welfare Impact of the British Privatizations 1979-1997. Cambridge, The MIT Press, 2006
FMI: el camino más fácil a la ruina
No hace falta decir que España se encuentra en el momento más critico de su historia reciente. No sólo por el momento económico que actualmente estamos viviendo, sino por la falta de ideas y soluciones que el ciudadano medio puede percibir de los dirigentes a la hora de afrontar la actual situación.
Es para echarse a temblar que ante tal incapacidad, un país que como el nuestro que se encuentra al borde de la quiebra, tenga que asumir de una forma u otra las órdenes de la denominada “troika”. Y, más en concreto, del FMI. Y digo para echarse a temblar porque la experiencia de los últimos años demuestra que este organismo es como el caballo de Átila: allá por donde pasa, no vuelve a crecer la hierba en mucho tiempo. Este mismo viernes, hemos desayunado con las noticias de las recomendaciones de este organismo para España: bajada de salarios de los funcionarios y aumento del IVA.
Veamos algún ejemplo. Quizá el caso de Letonia es el más llamativo, pero el más desconocido debido al silencio de los medios de comunicación. Letonia fue denominado hace años como el laboratorio neoliberal de Europa: allí donde el FMI iba a experimentar sus políticas neocapitalistas con el fin de conseguir un crecimiento económico relámpago. En 2007, el FMI recomendó realizar en aquel país grandes políticas de austeridad. El gobierno letón obedeció. Las medidas eran básicamente reducción de salarios, así como reducción del deficit con la consecuente falta de inversion en Sanidad y Educación. El resultado fue que el desempleo pasó de un 5% en 2007 a un 20% en 2010 (¡!) y la emigración de ciudadanos letones subió considerablemenet. Pero además, hubo datos estremecedores, como el cierre de más de 30 hospitales públicos o la reduccion del salario de los maestros en un 50%. Además, el salario mínimo se redujo un 20% y las pensiones un 10%. Todo por imperativo de la “troika”.
Y, ¿para qué? Para nada. Letonia ha perdido más de un 25% del PIB y el FMI cree que ni en el 2015 llegará a tener los indices económicos de 2006. La justificación para estas agresivas políticas de contención del gasto y de fragmentación social, es que la devaluación domestica estimularía las exportaciones y, en consecuencia, la actividad económica interna. Pero esto no ha ocurrido en ninguno de los casos analizados. Es más, el caso letón es llamativo, porque la reducida recuperación que pudo experimentar en 2010 fue cuando levemente se negó a seguir las políticas del FMI.
¿Más casos? El caso argentino es bastante ilustrativo. Conocido como “el alumno ejemplar del FMI”, sumido en quizá la crisis más importante de su historia, se negó a pagar 95.000 milllones de dólares de su deuda externa y a seguir los dictados de esta organización.. De esto hace ya nueve años. Era eso o seguir sumiendo al país en unos niveles de pobreza mayors de los que ya había. De esta forma, Argentina ha ido sumando un crecimiento real del 94% (inigualable en el hemisferio oeste y más del doble del crecimiento de Brasil, que ha mejorado enormemente sobre su rendimiento en el pasado).
Cabe resaltar que la pobreza y la pobreza extrema han disminuido en dos tercios desde el punto más alto en 2002, y el empleo ha crecido a niveles récord. El gasto social del gobierno se ha incrementado casi tres veces en términos reales. En 2009 el gobierno implementó un programa de transferencia condicionada para niños, que ahora alcanza a más de 3.5 millones niños. Probablemente sea el programa de transferencias monetarias, relativo a ingresos nacionales, más grande de América Latina.
Cabe decir que la desigualdad también se ha reducido de manera radical durante esta expansión económica (aspecto que se contrapone a al aumento de la desigualdad de los países desarrollados durante este mismo periodo). Ciudadanos argentinos ubicados en el percentil 95 de la distribución de ingresos en 2001 tenían 32 veces el ingreso que los del quinto percentil. En el 2010, esta proporción había disminuido por casi la mitad, a 17 por ciento.
Podría decirse, a forma de desventaja o crítica, que la inflación es elevada, alrededor de un 20% – 25% por año. Pero teniendo en cuenta que los salarios suben más que la inflación y que el nivel de protección social es llamativamente alto y sigue creciendo año tras año, la inflación tenderá a estabilizarse dentro de una tendencia económica encaminada al desarrollo gradual de las fuerzas productivas.
La experiencia del caso argentino es altamente llamativa para los momento que estamos viviendo. Ha habido en las últimas décadas ciertos mitos que conviene ir desmontando y que provienen de la Escuela de Chicago. Entre ellos, se encuentra la teoría popularizada por el ex-director económico del FMI, Ken Rogoff, que afirma que las recesiones causadas por crisis financieras son seguidas por periodos lentos de recuperación. Esta teoría es abiertamente aceptada en foros económicos y ha servido como una excusa para gobiernos abducidos por las campañas del FMI y Banco Mundial, que sobre todo intentan evitar ser culpados por años de alto desempleo y estancamiento económico. Tanto Rogoff como Reinhart auguraron desde el FMI un periodo de entre 15 o 20 años para reactivar económicamente el país argentino. Han bastado menos de diez para que este país supere los niveles de crecimiento y bienestar social anteriores a la crisis (PDF).
Así, Argentina sirve como una convincente refutación de esta teoría. La crisis financiera de Argentina, a finales de 2001 y durante 2002, fue el prólogo de todas las crisis ecónomicas venideras. El sistema bancario prácticamente colapsó. Pero después de que Argentina se negó a pagar su deuda a finales de 2001, hubo sólo un trimestre de contracción antes de que la economía resurgiera con una recuperación espectacular. En tres años, el nivel de ingreso nacional ya había vuelto al nivel al que había estado antes de la recesión. Y no parece que sus dirigentes vayan a cambiar de camino a pesar del enfado del FMI por no poder meter mano en su país.
En el caso griego, con una economía que está contrayéndose por una tasa anualizada de cinco por ciento, mientras espera que las autoridades Europeas reestructuren su deuda, sus gobernante deberían considerar tomar las decisiones que tomó Argentina. Esta camino funcionó. Y esperemos que también le funcione a Syriza (en caso de ganar las elecciones).
Aunque con diferencias con el país sudamericano, sobre todo debido a la existencia del euro, los países del sur de Europa que en estos momentos están sufriendo los ataques de los mercados, deberían plantearse renovar sus idearios e incluso refrescarlos con otras experiencias. No se trata de virar a la utopía. Se trata simplemente, de girar la cabeza y decir no a años de contracción económica y mutilación social. Decir no a la “troika”. La pregunta es clara, ¿qué queremos ser? ¿Argentina o Letonia?
La Tuerka ¿Quo vadis Europa?
La situación política de la región, tras los procesos electorales en Grecia y Francia, con el Estado español e Italia en situación de rescate abre muchos interrogantes sobre el futuro de Europa. ¿Tiene sentido para la izquierda asumir los Estados como motores de una eventual transformación política? ¿Saldrá Grecia del Euro? ¿Resistirán los regímenes políticos europeos la crisis?
Esto tiene arreglo
Acabo de terminar el libro Esto tiene arreglo, escrito por Alberto Garzón, y puedo decir que tiene varias cosas a su favor. Por un lado, es grato leer a un político español que sabe escribir y con formación e intereses intelectuales, algo que no es demasiado frecuente. Basta darse una vuelta por los blogs de distintas figuras relevantes del panorama parlamentario para darse cuenta de sus inexistentes motivaciones intelectuales o sequedad temática (los blogs de Elena Valenciano y Leire Pajín son solo una tibia muestra de ello).
En segundo lugar, tiene un valor ideológico claro: pone de manifiesto y reivindica casi desde la primera página la lucha de clases existente en el mundo actual. Desgraciadamente, hablar de lucha de clases es para algunos oídos cosa del pasado o un concepto maniqueo del que hay que huir. Pero Alberto Garzón se encarga de demostrar que no es así y lo hace con datos. El valor de esta reivindicación es doble: proviene de alguien que es diputado del Parlamento español (un sitio donde uno no acostumbra a escuchar nada sobre la lucha de clases), y lo hace una persona que pertenece a la nueva generación que tiene como objetivo regenerar España. Es decir, alguien joven y llamado a tener un papel activo en los procesos de decisión o representación futuros.
Cabe destacar el buen tono del libro, escrito para el público general, en el que se intenta explicar de una forma bastante educativa los mecanismos internos de la actual estructura económica capitalista y cómo ésta ha desembocado en la actual crisis. Para ello, Garzón se apoya en varios teóricos como Polanyi o Slavoj Žižek, y hace un recorrido por las bases de la teoría económica para demostrar la injusticia en el mundo actual. De esta forma, el lector que no esté relacionado con la maquinaria económica actual agradecerá bastante el carácter divulgativo con el que se tratan las grandes cuestiones. Un acierto, desde mi punto de vista.
Sin embargo, y a pesar de estos aciertos comentados, el libro flaquea un tanto cuando analiza el movimiento 15M y su desapego por la izquierda o los sindicatos tradicionales (Garzón pasa por alto comentar las causas de este desapego intelectual y práctico) y el análisis de las soluciones para la actual crisis. En este sentido, Garzón propone la actuación del Estado como incentivador de políticas de empleo y de Bienestar. Creo que el autor no termina de mojarse del todo en su crítica al actual sistema capitalista, ya que aunque comenta y relaciona alternativas abiertamente anticapitalistas (como las teorías del decrecimiento), sus ideas no terminan nunca de salir del actual sistema de producción y consumo.
Hay que recordar que la actual crisis es una crisis sistémica, de un sistema que probablemente se encuentra ya en un estado funeral y que tendrá que reinventarse para seguir su camino. Teniendo en cuenta que esa reinvención vendrá de manos de la derecha neoliberal, hemos de exigir una solución abiertamente de izquierdas que rompa con el actual marco de producción y consumo que nos ha llevado al callejón sin salida. Es ahí cuando el libro falla, ya que Garzón sigue suscribiéndose a tímidas soluciones (jornada laboral, conciliación familiar, educación, sanidad…) dentro del actual sistema capitalista sin llegar a formular una ruptura con el mismo.
Aún así, y como he dicho al principio, el libro tiene el valor de hablar de lucha de clases, y lo hace bien. Que esto lo haga alguien que es una de las voces crecientes del panorama politico español, es un hallazgo y un valor a resaltar. Alberto Garzón es un político y economista que dice cosas interesantes y que además las dice bien. Sólo nos queda pedir que lo siga haciendo durante mucho tiempo.
La Tuerka: Tornen temps de carrer: Un año del 15M
A poco menos de un año de la ocupación de la Puerta del Sol y a pocas horas de que comiencen nuevas movilizaciones en un contexto de emergencia social sin precedentes, en La Tuerka analizan la experiencia del movimiento, sus logros y carencias.
The Iron Lady: un retrato demasiado amable
Dados los tiempos que corren, parece que la revisión de la figura de Margaret Thatcher viene en un momento envidiable. Propulsora, junto con Reagan, de la economía neoliberal, la Dama de Hierro es una de las figuras más controvertidas y polémicas de la última historia occidental. Se podría decir de acuerdo al momento histórico que estamos viviendo que “de aquellos barros, estos lodos”.
Thatcher es un personaje controvertido y uno de los pocos que ha acuñado un termino relacionado con sus políticas: el thatcherismo. Obra de sus políticas son las privatizaciones masivas, la guerra de las Malvinas, la erradicación del sindicalismo obrero, la mayor y más sangrienta ola de atentados del IRA, el aumento de las diferencias de clase, el desmantelamiento de la minería… Sin duda, once años de gobierno que dieron para mucho. Tanto, como para generar una auténtica transformación en su país de origen que todavía hoy se estudia, glorificando y odiando a partes iguales.
La película The Iron Lady es un intento de acercarse a esta figura que se suma a los anteriores Margaret Thatcher: The Long Walk to Finchley (2008) y Margaret (2009). Son tres películas distintas, y quizá The Iron Lady sea la más amable de todas, proponiendo una revision histórica más personal que política. Y también, a diferencia de las otras dos, The Iron Lady, arranca en nuestros días, con la ex primera ministra yendo a comprar leche a una tienda de barrio y quejándose del precio de la misma. Esta es una secuencia con significado. Para todos aquellos que no estén familiarizados con la figura hisórica, esta puede parecer una escena trivial, pero tiene cierto sentido metafórico ya que uno de los recortes más polemicos que se vivió durante la época del thatcherismo fue el de la eliminación de la leche gratuita en los comedores de los colegios británicos, por lo que los ingleses comenzaron a denominar a la habitante del Downing Street como “Thatcher, Thatcher, milk snatcher” (algo así como “Thatcher, ladrona de leche”).
Viendo la película al completo, uno tiene la impresión de que hay un intento deliberado por justificar o aminorar los efectos del thatcherismo haciendo hincapié en los aspectos sentimentaloides de su actual estado físico y mental. Este hecho le viene perfecto a Meryl Streep para construer un personaje que raya la perfección (sobre todo en la imitación de la voz y el acento británico, absolutamente deslumbrantes). En este sentido, la lectura política de los hechos más relevantes de su gobierno (la Guerra de las Malvinas, atentados del IRA, enfrentamiento de clases…) están resueltos bien cinematográficamente, pero si nos referimos a lo politico, se pasa de puntillas un poco por todos los temas sin llegar a profundizar en ninguno. Uno echa de menos mayor profundidad política y menos delirios y alucinaciones de sus últimos días, que llegan a ser un poco repetitivos y parecen encaminados a ahondar en el trabajo de maquillaje y el lucimiento de Meryl Streep que otra cosa.
Sin embargo, están bastante bien rodados los momentos de debate en el Parlamento y, por eso se echa bastante de menos que no haya más secuencias de este tipo. Ahí es donde se podría haber construido una verdadera Margaret Thatcher y combinándola con sus tormentos familiares, se habría elaborado un personaje más fidedigno y menos hagiográfico.
También se echa de menos ahondar más en el supuesto machismo de la clase política británica (resuelto con una metáfora en un par de segundos), y que, sin embargo, las dos películas citadas anteriormente tratan de un modo más analítico y personal con el propio personaje.
En consecuencia, para todo aquel que quiera acercarse al personaje se podría decir que esta trilogía“ podrían constituir una Buena biografía sentimental de la política inglesa. Margaret Thatcher: The Long Walk to Finchley es un buen acercamiento a sus primeros días y escarceos politicos. Es, sin duda, un interesante ejercicio de todo lo que había detrás de su pensamiento y cómo llegó a ser lo que luego fue. Margaret es también una buena lectura de la ambición de las altas esferas y de la caída al vacío de la primera ministra. The Iron Lady, es un retrato amable y poco politico, que se centra más en sus últimos días que en construir una verdadera biografía política.
Esto con respecto a Thatcher.` Pero, ¿y el thatcherismo? `Para conocerlo y estudiarlo, siguen siendo mucho mejores los documentales de última aparición que estudian a largo plazo las consecuencias de sus políticas. En este sentido,tanto Inside Job como The shock doctrine siguen siendo referencias. Pero sin duda alguna, a nivel sociopolítico, las películas de Ken Loach siguen siendo el major retrato de lo que signiicó el thatcherismo para la clase obrera. Porque lo que significó para las clases pudientes, no hace falta decirlo. Salta a la vista.
La Tuerka: ¿Proceso constituyente para un país en Estado de emergencia?
Los recortes, el paro, el deterioro constante del nivel de vida de la mayor parte de la población y la prima de riesgo instalada por encima de los 400 puntos dejan abierta la posibilidad de un rescate que seguramente terminaría de destruir el proyecto europeo. Sin duda la situación abre un debate sobre una crisis de régimen que amenaza la continuidad del edificio político surgido de la Transición.
Para discutir de todo ello en La Tuerka estuvieron Jorge Verstrynge (profesor de Ciencia Política y ex secretario general de AP), Pedro Zerolo (concejal en el Ayuntamiento de Madrid y Secretario de Movimientos Sociales del PSOE), Juan Carlos Monedero (profesor de Ciencia Política), Esther López Barceló (diputada en las Corts valencianas por Esquerra Unida), Antonio de Cabo (catedrático de Derecho Constitucional y miembro de la Fundación CEPS) y Rafael Mayoral (abogado) en un debate conducido (y nunca moderado) por Pablo Iglesias.
